El idioma chino

En China se hablan diversos dialectos, con grandes diferencias a nivel fonético, léxico y estructural, e ininteligibles entre sí. A nivel nacional se ha establecido el mandarín –basada en los dialectos del norte de China, principalmente en el de Beijing– como lingua franca.

El término mandarín proviene del portugués. Los portugueses fueron los primeros europeos que llegaron a China en tiempos modernos (1513), y dieron este nombre a la lengua debido a la sorpresa que les causó que, en China, los oficiales que mandaban eran los letrados (mandarines), que habían logrado su puesto tras superar una serie de duros exámenes orales y escritos. Lo que los occidentales llamamos mandarín en China se conoce como 普通话 (pǔtōnghuà), la “lengua común”.

Debido a que los dialectos carecen de tradición literaria propia y que no disponen de representación en los actos oficiales, son considerados dialectos en lugar de lenguas.

 

Ebrey, P. The Cambridge Illustrated History of China. Cambridge, Cambridge University Press, 1996, pág. 304.

El chino no tiene un alfabeto fonético al estilo de las lenguas románicas. En castellano, veintinueve consonantes y vocales se combinan entre sí para formar palabras, y cuando los niños las dominan se pueden empezar a alfabetizar.

Los caracteres chinos representan ideas y no sonidos. Por ejemplo, en castellano la palabra “casa” consta de cuatro fonemas (unidades mínimas de sonido reconocibles): /k/, /a/, /s/, /a/, los cuales no tienen significado por sí solos. En chino, “casa” se dice 家 (pronunciado “jiā”), y es al mismo tiempo un fonema (unidad mínima de sonido) y una palabra (tiene significado pleno). Es decir, los caracteres son fonemas y palabras al mismo tiempo.

La lengua china posee alrededor de 60.000 caracteres, aunque los básicos (necesarios para leer libros y periódicos) se reducen a alrededor de 3.000. Consecuentemente, los niños chinos tardan mucho más tiempo en aprender a leer que los españoles, porque hasta que no dominan un mínimo de caracteres no pueden leer textos.

Uno de los beneficios de que la escritura china no sea fonética es que la pueden compartir todos los hablantes de China, independientemente del dialecto que hablen. Por ejemplo, significa “tú”: en mandarín de pronuncia “nǐ”, y en cantonés “néi”.

A menudo ha surgido la pregunta sobre si los chinos harían más fácil su vida si inventaran alguna clase de alfabeto fonético. Esto es lo que hicimos los europeos, pero cuando el latín dejó de ser la lengua universal tras la caída del imperio romano, y al desarrollarse una serie de lenguas nacionales, la escritura se debió adaptar a la pronunciación, a la gramática y a la sintaxis de cada lengua. 

Actualmente, los europeos tenemos que aprender un nuevo lenguaje cada vez que queremos leer algo escrito hace seiscientos años, o escrito a seiscientos kilómetros de distancia. Esto no pasa en China porque los caracteres son símbolos de significado: un chino con un cierto nivel educativo puede leer textos escritos en cualquier parte del imperio en cualquier momento de la historia.

La escritura en China ha permitido estabilizar las instituciones políticas. Tal y como L. Ledderose ha apuntado, quizá una de las razones por las que los burócratas de Bruselas todavía no han conseguido reunir Europa es porque en Europa usamos un alfabeto fonético.

Morfológicamente, la lengua china es sencilla. Los caracteres son invariables: los verbos no se conjugan, los nombres no tienen ni género ni número. Para marcar las variantes de tiempo, modo, género, número, etc., se añaden caracteres especiales que nos aportan la información necesaria. 

Si quieres saber, entre otras cosas, por qué el idioma chino jamás podrá tener un alfabeto fonético, mira mi vídeo “Cómo funciona la lengua china”.

El origen de los caracteres

La escritura china, con una antigüedad de casi 3.500 años, nació en un contexto ritual de prácticas adivinatorias que pretendían comunicar a los humanos con sus antepasados. Sobre huesos oraculares de bóvidos y caparazones de tortuga, se aplicaban una serie de metales incandescentes que producían fisuras diferentes. La lectura de estas fisuras corría a cargo del intérprete.

Más adelante sobre el hueso o el caparazón se inscribiría la pregunta, la respuesta, la fecha del ritual y el nombre del adivino, y con el tiempo la conservación de estos resultados fechados convertiría al adivino en guardián del registro del pasado.

      Pieza oracular de los Shang

Pieza oracular (caparazón de tortuga) de los Shang (1570 - 1045 aC) 

 Texto pieza oracular de los Shang

Pregunta, respuesta, fecha, y nombre del adivino

(inscritos en un caparazón de tortuga)

Durante el primer milenio antes de nuestra era la escritura evolucionó de un uso meramente ritual hacia otros usos burocráticos, históricos, literarios, estratégicos y filosóficos. Finalmente, se convirtió en un sistema de escritura cuando los símbolos incorporaron valores fonéticos.

Existen otros sistemas de escritura cuya fecha de creación se remonta a periodos anteriores al de la escritura china, tal y como podemos observar en el siguiente mapa: 

Núcleos de surgimiento de la escritura

Núcleos de surgimiento de la escritura. Robinson, A. The Story of Writing. Londres, Ed. Thames and Hudson, 1995, pág. 14.

Para los historiadores chinos, la historia empieza cuando se introducen los elementos claves de civilización, que son la agricultura y la escritura, e inician su relato con un Estado plenamente formado bajo el primer emperador, Qin Shi Huang (221 a.C.). Por este motivo, la historia china hace más de dos milenios que se está escribiendo.

Actualmente solo un número reducido de caracteres son propiamente pictogramas (dibujos que se relacionan con los referentes) o ideogramas (signos que representan una idea). Muchos caracteres están formados por otros elementos gráficos más simples, o bien combinan elementos que apuntan el significado con elementos que indican la pronunciación (estos últimos representan aproximadamente el 97% de los caracteres actuales).

Origen pictográfico de algunos caracteres

 Origen pictográfico de algunos caracteres

Bibliografía

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