China es la otra gran cultura. Según dice Simon Leys:

Desde el punto de vista occidental, China es sencillamente el otro polo de la experiencia humana. Todas las demás grandes civilizaciones o bien están muertas (Egipto, Mesopotamia, la América precolombina), o bien se encuentran exclusivamente absortas en los problemas de superviviencia en condiciones extremas (culturas primitivas), o bien son demasiado cercanas a la nuestra (culturas islámicas, India) para poder ofrecer un contraste tan total, una alteridad tan completa, una originalidad tan radical y esclarecedora como la china. Sólo cuando consideramos China podemos por fin medir con más exactitud nuestra propia identidad y empezamos a percibir qué parte de nuestra herencia proviene de la humanidad universal, y qué parte no hace sino reflejar simples idiosincrasias indoeuropeas. China es ese Otro fundamental sin cuyo encuentro Occidente no podría cobrar realmente consciencia de los contornos y límites de su Yo cultural.

 

A los chinos les debemos inventos como la brújula, la pólvora, el papel y la imprenta, y productos como el té, los cítricos y la porcelana. Sin el papel y la imprenta quizá todavía estaríamos viviendo en la Edad Media. Sin la pólvora, aún con todo el daño que ha causado, nuestra sociedad podría ser todavía feudal, y grandes obras como el Canal de Panamá jamás se habrían podido realizar. Sin la brújula marina la era de los descubrimientos podría no haber llegado nunca.

El concepto de Asia lo inventaron los griegos en el s. V antes de nuestra era, en el contexto de las guerras médicas que enfrentaban Atenas con el Imperio Persa (para los atenienses, Asia y Persia eran lo mismo). En el primer milenio antes de nuestra era los grandes núcleos civilizadores del continente asiático fueron Persia, India y China, todos muy originales en el terreno cultural, histórico, y geográfico. Todos ejercieron gran influencia sobre los territorios vecinos.

La civilización china se desarrolló relativamente aislada, pero siempre encontró la manera de romper las barreras geográficas –océanos en el este, estepas y desiertos en el norte y el noreste, montañas y junglas en el oeste y el sur- y establecer rutas comerciales con el mundo exterior. Todo tipo de productos e ideas viajaron entre China e India, Persia, Egipto, Grecia y Roma.

En el s. IV a. C. las conquistas de Alejandro Magno acercaron a los europeos a Asia Central, y la comprensión de los vientos monzónicos permitió a los romanos navegar regularmente hasta la India. El comercio de Bizancio y las caravanas de los monjes nestorianos conectaron de forma regular el mundo mediterráneo con las grandes rutas de Asia Central. Desde finales del s. XII y en el marco de las Cruzadas llegarán las primeras notícias del Preste Juan –monarca cristiano legendario, situado en un país imaginario de Asia rodeado de pueblos infieles-. Los latinos empezarán a tomar consciencia de que estaban en un rincón del mundo y de que en el Extremo Oriente existía una civilización más importante que Europa en cuestiones de riqueza, población y tamaño de las ciudades. Mandarán emisarios tanto para buscar aliados en la retaguardia del Islam como para establecer lazos comerciales.

En el siglo XVII las guerras de religión recorrían Europa. El Sacro Imperio Romano Germánico, con sus dos fuentes de autoridad que eran el Papa y el Emperador, empezó a decaer tan pronto los monarcas locales de Francia, España e Inglaterra hubieran empezado a reclamar el poder (sobre el s. XIV). Esto ocurrió porque estos monarcas encontraron una base permanente de poder para desafiar la intervención de la Iglesia. La Paz de Westfalia (1648) puso fin a las guerras de religión y supuso el nacimiento del Estado moderno. Ya no existía un Sacro Imperio Romano, el imperio se había desmembrado oficialmente y con él había caído el poder del Vaticano.

En el terreno de las ideas el Renacimiento había introducido en Europa la autoridad de los clásicos griegos y romanos, que rompió con la hegemonía de la Iglesia y amenazó la idea de la Revelación (y con ella la idea de identidad de la religión y de las ideas). Sin embargo, los europeos no habían encontrado ningún sistema moral comparable al del cristianismo.

En 1601 llegaron a Beijing dos jesuitas europeos, el italiano Matteo Ricci y el español Diego de Pantoja, y pudieron establecer un puente intercultural que duraría cerca de un siglo. Los jesuítas tradujeron al latín obras canónicas del confucianismo que fueron más tarde difundidas en Europa y que causarían gran impacto en el pensamiento de intelectuales de la Ilustración: Leibniz, Voltaire, Montesquieu, Quesnay. Empezó la chinoiserie, una época en que la imagen de China en Europa era totalmente positiva.

Con el descubrimiento del pensamiento chino, los intelectuales europeos descubrieron un sistema ético-moral que había producido un impresionante código de prácticas sociales y morales, y que había resistido dos mil años. Este descubrimiento apareció en un momento en Europa en el que una nueva concepción de la Naturaleza intentaba desplazar la doctrina de la Revelación. Los hombres empezaron a hablar de religión natural y descubrieron que los chinos ya habían solucionado ese problema desde hacía siglos. La idea de una religión natural se habría desarrollado sin la aparición de China, lo verdaderamente importante era la prueba de que proporcionaba un sistema social viable. 

Algunas de las grandes herencias de la Ilustración, como el despotismo ilustrado, la función pública basado en méritos propios (exámenes públicos) y el concepto de laissez-faire del mercado libre tienen sus orígenes en el modelo chino. La chinoiserie duró hasta mediados del siglo XVIII, al caer el poder de los jesuitas y emerger con fuerza el poder de la East India Company, la cual simbolizó el inicio de las agresiones imperialistas en Asia por parte de potencias occidentales. Para los pensadores de la tardo-ilustración, como Hegel, Kant o Marx, la imagen de China ya se había convertido en algo negativo, aplicándosele la metáfora del “hombre enfermo de Asia”. Se inició una construcción social de la realidad con el fin de justificar las agresiones militares y la colonización parcial de China por parte de los poderes imperialistas de Europa, EE.UU. y Japón.

 

sinofilia y sinofobia


 Sinofilia (1600-1750) y sinofobia (1750-1800) en Europa. Cuadro de elaboración propia.

 

 

Bibliografía